Pese a los continuos avances en la materia, todavía no está claro qué hacer con los residuos radiactivos procedentes de la producción de energía nuclear. Tras aprovechar todo lo posible de los minerales radiactivos, quedan cantidades residuales de uranio y plutonio que ya no son aprovechables de forma económicamente viable y que se encapsulan en acero inoxidable. Cuando ya no se prevé ningún uso posterior, el material se conserva un tiempo en superficie y después se envía a un vertedero de seguridad de forma provisional, donde permanecerá mezclado con cemento en contenedores que serán impermeabilizados con hormigón. Pero ¿cuánto tiempo pueden permanecer en estos recintos? Teniendo en cuenta que la vida media de estos residuos puede alcanzar varios miles de años, ¿qué pasará en el futuro?

La solución planteada consiste en enterrar estos residuos a gran profundidad protegidos por cemento y en suelos que eviten su escape indefinidamente, pero hay un inconveniente: el agua del subsuelo puede actuar sobre el cemento produciendo un medio alcalino a su alrededor y originando una serie de reacciones químicas capaces de degradar la protección de los residuos. Entre los productos resultantes encontramos el ácido isosacarínico (ISA), que puede unirse a los radionucleidos, como el uranio, incrementando su solubilidad. De esta forma, el material radiactivo podría llegar a ríos y mares entrando en la cadena trófica y afectando así a un gran número de seres vivos.

La noticia sorprendente es que un grupo de investigación de la Universidad de Manchester ha encontrado unas bacterias que podrían ayudar a contener la salida de material radiactivo al medio acuático. Estas bacterias extremófilas pueden sobrevivir en medios muy hostiles, como los ambientes altamente alcalinos que se encuentran alrededor de los residuos radiactivos. Y lo que es más, se alimentan del ácido isosacarínico, reduciendo así el riesgo de que la contaminación radiactiva llegue hasta otros seres vivos a través del agua. Incluso si las bacterias no disponen de oxígeno para metabolizar el ISA, pueden respirar otras sustancias presentes en el agua, como nitratos o hierro.

Aunque se trata de unos resultados iniciales obtenidos en laboratorio, todo apunta a que las bacterias podrían adaptarse rápidamente al medio que rodea los residuos y degradar el ISA en condiciones reales en los nuevos cementerios nucleares. Las investigaciones futuras irán orientadas a analizar más de cerca este medio y conocer la influencia real de las bacterias en los desechos nucleares. Podría tratarse de un perfecto guardián del confinamiento de los residuos radiactivos durante su larga vida bajo nuestros pies.